Una nueva investigación explora la influencia de intereses económicos y de seguridad en el grado de apertura de los sistemas digitales.
En los últimos años, los espacios virtuales inmersivos ganaron protagonismo en las discusiones sobre el futuro de internet. Bajo este contexto, surge la idea del metaverso, que busca ampliar las experiencias digitales más allá de las pantallas tradicionales. Sin embargo, todavía no existe una definición única de qué es ni de cómo debería funcionar. En el artículo “Varieties of interoperability in the metaverse” publicado en Internet Policy Review, Carolina Aguerre, co-directora del Centro de Estudios en Tecnología y Sociedad (CETyS) de la Universidad de San Andrés, y Joaquín Maquieira Alonzo, investigador de la Universidad de Fudan, abordan al metaverso como un conjunto de tecnologías que forman parte del entorno digital interconectado. En palabras de la investigadora de UdeSA, “un ecosistema de muchas capas, actores y con miradas distintas acerca de lo que es tener experiencias en el mundo inmersivo digital contemporáneo”. Aunque suele asociarse con el entretenimiento y los videojuegos, sus aplicaciones también abarcan otros sectores, como la minería, la salud y la defensa. Comprender cómo se conectan las distintas tecnologías que lo componen sigue siendo uno de los principales desafíos en su construcción y regulación.
Los autores proponen analizar este ecosistema desde el punto de vista de la interoperabilidad, es decir, la posibilidad de que distintos sistemas se conecten e intercambien información. En el metaverso, esto implica que puedan interactuar tecnologías como dispositivos, plataformas y servicios de infraestructura. Sin embargo, estas conexiones no dependen únicamente de cuestiones técnicas, sino que están condicionadas por las decisiones de los actores involucrados, como los gobiernos y las empresas. La investigación plantea que no existe una única forma de conectar estos sistemas yque las decisiones sobre qué abrir, qué mantener cerrado y con quién compartir información responden a los intereses de cada actor. “Las reglas vienen dadas por intereses comerciales, pero también por intereses geopolíticos y sobre todo por temas de seguridad”, explica Aguerre.
Con el fin de indagar en estas tensiones, el estudio se concentra en dos componentes de la infraestructura del metaverso: los dispositivos y la nube. Los primeros, como los cascos y las gafas de realidad virtual, permiten acceder a experiencias inmersivas y pueden recopilar información sobre sus usuarios. La nube, por su parte, aporta la capacidad de almacenamiento y procesamiento necesaria para gestionar esos datos. Aunque las empresas pueden buscar mantener el control sobre sus dispositivos y plataformas, muchas dependen de proveedores externos para procesar la información. Esta dependencia plantea interrogantes sobre quién controla los datos y la infraestructura que los procesa, una cuestión que adquiere especial relevancia cuando entran en juego la seguridad y la soberanía digital.
Incluso los sistemas más cerrados necesitan, en ocasiones, conectarse con otros. Desde el punto de vista económico, un menor grado de apertura les permite retener una mayor parte del valor generado dentro de la propia empresa, mientras que un mayor grado de apertura puede ayudar a las empresas a crecer y llegar a más usuarios. En términos de seguridad, mantener ciertos sistemas cerrados puede servir para proteger datos sensibles, pero conectarse con actores de confianza también puede contribuir a la protección de la información. El grado de apertura de los sistemas digitales depende de los objetivos y los intereses de cada actor. “Podés ser cerrado porque querés controlar a tus ciudadanos y evitar el discurso libre y público, pero también podés ser cerrado porque querés proteger legítimamente datos sensibles”, en palabras de Aguerre.
En un contexto de crecientes tensiones geopolíticas y disputas por la soberanía digital, los intereses vinculados a la seguridad internacional podrían reducir cada vez más la apertura de los sistemas. En este sentido, los autores proponen la posibilidad de que el metaverso se fragmente en entornos separados e incompatibles en lugar de conformar un metaverso global unificado. Para la investigadora de UdeSA, sin embargo, no hay una única receta: “A pesar de que parezca que el mundo se polariza en la carrera tecnológica, tener un sistema abierto o cerrado no es bueno y malo, sino que depende por qué y para qué”.